lunes, 27 de marzo de 2017

Reseña: Tal vez mañana





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Título: Tal vez mañana
Fecha de publicación: 2016
Autora: Colleen Hoover
Editorial: Planeta
Páginas: 560
Precio: 17, 90€



A los veintidós años, Sydney lo tiene todo: el novio perfecto, un futuro brillante y un bonito apartamento que comparte con su mejor amiga. Pero todo cambia el día en que Ridge, su misterioso y atractivo vecino músico, le advierte que su novio la engaña con su mejor amiga y Sydney debe decidir qué hacer con su vida. Sólo con lo puesto y sin recursos, Ridge la acoge en su casa y no deja de sorprenderla. Sydney vibra cuando él toca sus hermosas melodías y, aunque el corazón de Ridge está ocupado, él no puede ignorar que ha encontrado a su musa. Cuando finalmente se den cuenta de que se necesitan, entenderán que los sentimientos no pueden traicionar al corazón.



No me atraía demasiado este libro, y no voy a engañar a nadie, pero es que la autora, para mí, es tan impredecible como una maldita montaña rusa. ¡Es verdad! Colleen tiene la capacidad de escribir libros que parecen procesados por la mente de una ameba, a escribir obras preciosas como es el caso de Hopeless. No voy a entrar a contar detalles de dicha novela, porque voy a reseñar otra, pero ya que ha salido el tema... Es preciosa.

Bueno, hoy regreso a blogger después del parón más grande del blog para abrirme en canal con este libro, que habla, cómo no, de un tema que me encanta: las discapacidades.
Para quien no lo sepa, el primer y único libro que llevo publicado por el momento Cromosomas que crean corazones, trata el tema de la discapacidad visual en adolescentes, y el Síndrome de Down. De ahí que este libro me haya calado.

Terminé leyendo el libro por insistencia de una amiga muy pesada, así que... ¡Esther, si estás leyendo esto, alégrate!





Motivos:

Tengo que hacer spoiler, pero es que es inevitable...


La trama en sí de la historia no me ha gustado, de hecho, la lucha interna que llevan los personajes con respecto al amor, me ha llegado a sacar de quicio, gustándome poco. Pero que el prota masculino, Ridge, sea sordo y compositor, me ha llegado al alma.

En Tal vez mañana nos encontramos que el amor, por muy seguro que parezca en ocasiones, puede cambiarnos la visión de la vida y del querer en cuestión de segundos. Sin esperarlo o verlo venir. Yo de verdad que no he estado más a disgusto con estas relaciones de pareja que se dan en el libro, pero el final terminó ganándome y haciéndome aceptar.
Las vueltas que puede dar la vida, son tantas, y tan inimaginables... Lo peor es dar algo por sentado y considerarlo seguro, y que se termine yendo al traste. Justamente, esa sensación de derribo es la que experimenta nuestros protagonistas durante toda la novela.

Pero vayámonos al principio...
Todo se remonta a una joven estudiante universitaria que deja el derecho por la música, que cree tener un novio perfecto que la ama, y la mejor amiga que se pueda desear. 
La visión que la autora nos hace llegar a los lectores, está genial conducida, porque es cierto que hay cosas que no te planteas nunca hasta que pasan, y aún así, no eres capaz de digerirlas. Puede que el novio no la quiera tanto como parece, o al menos, no como debería quererse a alguien. Puede que la amiga del alma no sea tan amiga del alma. Y puede que a los 22 años se termine tirada en la calle sin ningún sitio al que ir.

La novela está llena de giros que la enriquecen bastante, y ha habido escenas que me han partido el corazón en dos, en tres, y hasta en cuatro partes... 

Pero en definitiva, Tal vez mañana no ha sido escrita por la parte ameba de Colleen Hoover, AL igual que Hopeless, se salva de la devastación amebil.



Autora:

Colleen vive en Texas con su esposo y sus tres hijos. Publicó su primera novela, Slammed, en enero de 2012 y su continuación, Point of Retreat, en febrero de 2012. Es adicta al talento de la banda The Avett Brothers, lo cual es evidentemente obvio en sus libros. Disfruta de los blogs, la escritura, la creación de videos Instagram sin sentido y autografiar libros que fueron escritos por Jessica Park o Tina Reber.
Su novela, Hopeless, ha ocupado la primera posición en la lista de bestsellers de The New York Times.



viernes, 24 de marzo de 2017

¡De vuelta!


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Creo que todos estos meses de escasa (o casi nula) actividad han llegado a su fin...

Esta entrada es meramente informativa: volverán las reseñas y comentarios de libros, volveré con mis locuras y cosas de escritora, mis lecturas actuales, goodreads, llegarán entrevistas a autores...

Y un proyecto que me hace mucha ilusión llevar a cabo...

¡Tenía ya ganas de volver por aquí!
Si queréis estar más pendientes, visitad instagram y twitter: @alexandraaemm


¡El lunes empiezan las entradas!

domingo, 27 de noviembre de 2016

Día mundial en recuerdo de las víctimas de siniestros de tráfico



Todos decían que llovía mucho, que era uno de esos días que jamás te planteas recordar, pero que terminas almacenando en la memoria pese a no querer. Aseguraban que aunque todavía quedaba tiempo para que anocheciera, nosotros habíamos decidido volver antes a casa.

A casa. Dos palabras que me sonaban tan extrañas como mi nombre.

No lo recordaba.

No alcanzaba a recordar nada. Ni cerrando los ojos con fuerza, tratando de concentrarme, conseguía  que algo de ese día, por mísero que fuera, volviera.

He intentado visualizar las gotas precipitarse en cascada, incluso me las he imaginado resbalando por las siluetas de las casas y los edificios. Pero no ayuda.
Lo he olvidado todo, incluso quién era ella. Quien era yo.

Los fui examinando uno por uno pero ninguno de los rostros me sonaban familiares. Aunque al parecer, y lo más perturbador de todo: todos me conocían. Desde el más mayor, sentado en una de esas sillitas de plástico plegables que se llevan a la playa, hasta el más pequeño, que parecía estar incluso más perdido que yo.

Nada, no había nada. Salvo frío. Un frío que me impedía moverme con agilidad. Parecía que se desvivía por enredarse en mis huesos y tirar de ellos en todas direcciones, como si romperme fuera su objetivo.
Llevaba perdido lo que se asemejaba a una eternidad, y era insoportable. Me limitaba a observar a decenas de desconocidos agruparse y dispersarse a la entrada de lo que sospechaba, una habitación.

De hospital.

Cuando caí en la cuenta de dónde estaba, el frío tiró con más fuerza de todo a lo que se había anclado, y escuché mi propio interior romperse. Hacerse añicos.
Estaba en un hospital, frente a una puerta gris con demasiados números en una placa.
¿Tenía que entrar? ¿Tocaba primero o simplemente debía empujar hacia adentro? ¿Cómo no la había visto antes? ¿Cómo no me había dicho nadie dónde estaba, es que acaso no me veían?

No, no me veían. Entonces lo comprendí. Ni el señor mayor sentado en su silla vieja de playa ni el niño de ojos azules que se entretenía anudándose los cordones. Ni siquiera esos dos que siempre lloraban en silencio, cerca de una esquina cubierta de sombras. Me planté delante de ellos y les grité que pararan un poco, que dejaran de lamentarse. Pero ninguno de los dos reaccionó. Me volví entonces hacia el niño, que no se escondía en fingir que no  entendía mucho de lo que pasaba. Me senté frente a él justo cuando desplegaba un folio arrugado y lo planchaba sobre el suelo. Era un dibujo. Un dibujo horrible que hizo que el frío empeorara. Grité para que parara, pero no lo hizo. El niño siguió concentrado en alisar los bordes de la hoja doblada y el frío me rompió las muñecas cuando intenté quitárselo. No me dejaba acercarme.
Lo intenté de nuevo, más rápido. Pero volví a fallar. El dolor me hizo retroceder. Casi cuando pude acariciar el tacto de las ceras sobre el papel, sentí el brazo entero estallar en llamas.

Lloré, pero no me extrañó no notar el rostro húmedo. Estaba cegado por aquel dibujo macabro que retrataba algo parecido a un coche negro, del revés. Se había salido de las líneas grises que había por carretera, y lo que parecían tulipanes de distintos tonos de rojo y naranja, lo tenían asediado por todas partes.
Supuse que era fuego devorando un coche que había volcado, destruyendo el quitamiedos del camino y dejando la carretera llena de marcas tan oscuras como su pintura.

No pude moverme. Justo como entonces. Como cuando el coche en la vida real no pudo más que obedecer a la inercia y giró sobre su eje para noquearnos. A mí, y a la chica que iba en el asiento de copiloto, justo a mi lado. Lo recordé todo, como si revivir el violento golpe que me había partido los huesos hubiera servido de bomba explosiva.
Mi mente se alejó del crío, recordando, y me centré en ella. La miré antes de que empezara a llover.

-Llévame a casa -dijo, y se cruzó de brazos.

Me limité a hacer lo que me pidió. Tenía las mejillas llenas de lágrimas, y el pelo convertido en una maraña enfadada. Estuvimos discutiendo. Intenté pedirle perdón. Ella a mí también. No supimos cómo terminar aquella incómoda situación. Hasta que el cielo rompió a llorar con más fuerza que ella, y en cuestión de segundos la carretera se había llenado de destellos.

Oh, dios mío. Claro que lo recordaba. No pudimos despedirnos.

Me giré hacia la puerta que había decidido ignorar hacía apenas cinco minutos.

Oh, dios mío.

Ella estaba allí. Detrás de la puerta gris.

Corrí, y volví a verla, solo que muy diferente a como la recordaba. Me senté a los pies de la cama donde parecía dormir, y volví a llorar. Pero no encontraba mis lágrimas. Ninguna.
La auténtica y verdadera Arley no podía estar frente a mí, inmovilizada por tubos y cables sobre una cama que quería engullirla. Era demasiado pequeña, demasiado delgada… Parecía una diminuta muñeca de trapo a la que habían cosido a la fuerza, e insuflado vida a base de oxígeno y máquinas terroríficas que hacían un ruido espantoso. Más que el chirrido de las ruedas tratando de aferrarse al asfalto. Más que la chapa raspándose y el metal deformándose. Incluso más que el cristal haciéndose añicos.

Más espantoso que el grito de aquella muñeca rota cuando comprendió que no volveríamos a vernos porque yo me quedaría allí, entre el amasijo negro y rodeado de tulipanes hechos con ceras rojas y naranjas.

Cerré los ojos, y las imágenes corrieron una detrás de otra, como fotogramas. Me retrataron lo que la vida puede cambiar en cuestión de segundos. Aunque tú no quieras. Aunque nadie quiera.

Cuando volví a enfocar la vista de nuevo en ella, comprendí lo que pasaba, y por qué yo había tardado tanto en abrir aquella puerta de hospital. No quería despertar. Arley no quería despertar porque sabía que yo no iba a estar con ella. Que ya no volvería a verme. Que nunca solucionaríamos nuestros problemas. Y lo peor de todo: quedaban tantas cosas por decirnos…
Por eso, la muñeca remendada quería rendirse, y dejar que las horribles máquinas, los huesos rotos, y los puntos de sutura, terminaran con ella. Quería que la cama se la tragase. O haberse quedado en la carretera, a mi lado.

Lo supe sin que abriera los ojos, sin que me dijera nada. Simplemente lo supe, por eso estaba allí, para rogarle que luchara. Porque no era necesario que nos marcháramos los dos. Porque, aunque fuera difícil y doliera todos los días, tenía que vivir. Tenía que vivir por los dos. Aunque como yo, se quedara sin lágrimas.



Le di la mano, y le pedí perdón hasta que el dolor se volvió insoportable. No quería ser un mal recuerdo, o su peor pesadilla.

Arley abrió los ojos y su mirada vacía se paseó por allá donde pudo. Como los que esperaban fuera de aquella habitación, tampoco pudo verme. Me consolé con que me sintiera allí con ella, pidiendo su aliento.

Callamos lo que había quedado por decirnos, y nos dimos la mano hasta que el fuego me pulverizó, a los pies de su cama de hospital, dejándome como el recuerdo que había pasado a ser.

La escuché respirar con fuerza.

Fue lo último de lo que fui consciente. De que se quedaba. De que lo había hecho. Se había quedado por mí.



sábado, 21 de mayo de 2016

Things change...




Claro que la vida no para. Ella siempre sigue aunque nosotros nos quedemos atascados en alguna de sus fases, o en algún que otro tramo.
La vida tiene que llevar la delantera, porque corriendo delante de nosotros es capaz de trazar su plan. Tiene que observarnos desde lejos, guardando la distancia y midiendo sus pasos con los nuestros.

Las cosas cambian constantemente, aunque no queramos reconocerlo. Y lo más importante: aceptarlo.
Poniéndome a mí misma como ejemplo.
Me niego, me niego tanto, que termino con el ánimo y el alma por los suelos...
Es cierto que he aprendido a calmarme en ese aspecto, y que ahora, en lugar de insistir en lo imposible, aprendo a aceptar las circunstancias y a pasar la página con más rapidez. Ahorro de tiempo, eso es lo que me llevo. Y menos desgaste mental.

La vida puede cambiar en una vuelta de reloj. Es tan simple como eso.
Puede abrir vacíos en el suelo que pisamos, para dejarnos caer en el vacío; o sin que lo esperemos, crear escaleras hacia lugares nuevos en los que quizá encontremos personas con la capacidad de ponerlo todo patas arriba.
Y lo más sorprendente de todo es que, quizá no sean conscientes del poder que tienen, de lo que transmiten sus miradas en nosotros o lo que sus acciones pueden llegar a significar. Pueden llegar a meter la pata hasta niveles catastróficos y destrozarnos aunque no sea esa su intención. Pero...

¿Y después del estropicio?

La vida sigue y seguirá. Con gente o sin ella. Con cosas maravillosas o las peores circunstancias...

Un mes nunca será igual al anterior. No habrá dos días iguales; quizá sí parecidos.
Jamás nos encontraremos dos amigos iguales, ni te romperán en pedazos de la misma forma. Tampoco juntarán los trocitos por ti, y si alguien se atreve con la labor, te dejará tan diferente que no sabrás ni reconocerte. O puede que sí, que termines encontrándote aunque te hayan recompuesto con piezas nuevas.
La lástima (o la aventura de la maldita vida) es que hay cosas que se escapan de la capacidad del querer. Por mucho que estiremos los brazos para tratar de atrapar los buenos momentos, en algún instante pasarán y se terminarán desvaneciendo para que otros nuevos puedan llegar.
No podemos retener, congelar o guardarnos en el bolsillo todo lo que la vida nos da. Días los hay para un catálogo: buenos, malos, maravillosos, inolvidables, permanentes, desastrosos, catastróficos, imborrables, preciosos, odiosos...

Llegué a pensar en ciertos momentos que iba a quedarme en el mismo sitio para siempre, que no podría avanzar un paso. Que me tragaría la rutina.
Pero como todo, la rutina cambia. Y volverá a cambiar. Y tendré que adaptarme igual que todo el mundo, aunque no quiera, aunque no me guste, auque sí...

Las cosas cambian TAN RÁPIDO. TAN y TAN RÁPIDO...
Los abrazos cambian tanto de significado...
Las lágrimas cambian tanto...
Existen tantos tipos de dolor...
Tantos tipos raros de felicidad...
Tantas personas especiales...

..., que da miedo pensar...
... Por eso es mejor dejar de hacerlo. O al menos, de vez en cuando.